Una idea extraña

….a mi abuelo Horacio Lucas Gómez del Olmo

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Cuantos secretos encierra la muerte de un ser humano, y en especial, la de un ser querido.¿Qué es el alma?.¿Por qué el cuerpo va desapareciendo de a poco?.El tiempo va borrando pacientemente todo rastro que la persona dejó en este mundo. Sus papeles, sus memorias, sus objetos preferidos, sus ropas, hasta que su propio cuerpo se diluye en millares de átomos que pasan a ser nuevamente parte del Universo. Solo queda su recuerdo en las mentes de aquellos que lo conocimos, recuerdo que irá desapareciendo con nosotros hasta que al cabo de varias generaciones ya nadie lo tendrá presente.

Mi abuelo Horacio, por ejemplo, padre de mi madre y esposo de mi abuela Paulina. Cuando él murió, yo debería tener, no sé, 11 ó 12 años. Fué un de los primeros seres queridos que emprendió el viaje atemporal sin retorno, traspasó la barrera que separa la vida de la muerte. Me afectó muchísimo verlo tieso y sin vida dentro de un cajón lustroso y vestido de blanco. Su cara sin expresión no me parecía la de él, era como si la muerte lo hubiera cambiado por otro.

Ése no era mi abuelo.

Mi abuelo se enojaba, sonreía, me palmeaba el hombro, fumaba, tosía, caminaba, me ayudaba a crecer en la vida. Ese cuerpo sin vida era lo que era: Mi abuelo sin mi abuelo. Mis ojos buscaban desesperadamente un signo de vida, un leve movimiento de sus labios, un elevarse de su pecho en busca de aire, un movimiento de algunos de sus dedos, algo, algo que me indicara que la vida seguía residiendo en él.

Pero no. El milagro no ocurrió, estuvo toda la noche allí, ni un movimiento, ningún signo de vida. Poca gente vino a visitarlo, algunos ni siquiera se acercaron a él, como teniendo miedo a contagiarse. ¡Que misterio!.

La muerte.

Yo no salía de mi asombro. En mi imaginación mi abuelo comenzaba a respirar nuevamente, abría sus ojos y se levantaba. ¡Que alegría! y ¡que sorpresa!. Toda la gente a su alrededor salía despavorida del recinto, corriendo a más no poder. Yo era el único que se quedaba allí, con el corazón el la boca y latiendo a toda máquina…-¡Que grande que está Daniel!- Decía una tía desconocida, volviéndome abruptamente y sin piedad a la normal y aburrida realidad. Todos los personajes volvían a sus estados naturales y la vida (mi vida) continuaba sin cambios. Era mi imaginacíon la que se enloquecía y se animaba a cambiar el curso de los hechos. Allí, en mi imaginación, la vida era más interesante, más exitante.

Pasaron 5 años y un día mi Abuela dice:

– Bueno, hoy tenemos que ir a sacar al Abuelo -.

– ¡¿Qué?! – exclamo yo. – ¡Sacarlo!. ¡¿Para qué?!.

– Y por que así está establecido. Cinco años exactos desde el día de su entierro hay que sacarlo y ponerlo en una urna, si no, lo tiran a un pozo común.

Más misterios.

Yo ya tenía 16 ó 17 años y acompañe caballerosamente a mi abuela y a mi madre al cementerio de Flores. Me parecía extraño que mi abuelo residiera tan cerca de casa, cuando en vida siempre lo hizo lejos de ella. Ir a la casa de mis abuelos era toda una odisea: Tenía que ser feriado, no haber paro de trenes ni de colectivos, y no tenía que llover, pués sino, el colectivo no llegaba. Flores y Mariano Acosta estaban separados por una distancia enorme. Éra una mañana soleada de principios de Diciembre. Cuando llegamos ya estaba el supulturero (ó quizás deba decir el desepulturero) descavando a regañadientes la tumba de mi Abuelo. Con cada palada, mis ojos se habrían más y más. Éste éra un momento histórico y yo estaba presente. Mis sentidos estaban al máximo de su percepsión.¿Qué iba a ver?. ¿Qué estragos habria realizado el tiempo en todos estos años?.Cuando la pala chocó contra la madera, produjo un ruido tétrico; mi corazón aumentó la frecuencia de sus latidos al doble.

¡Mi Diós!.¡Ya estaba llegando a mi abuelo!.

El cajón estaba roto; tenía un tajo todo a lo largo y en el medio de la tapa.

– Es el peso de la tierra -. Dijo el señor.

Mi abuela y mi madre lloraban. No me acuerdo si Mónica, mi hermana estaba con nosotros. Cuando todo el cajón quedó a la vista, el señor largó la pala y metiendo las dos manos en el tajo terminó de romper la tapa sin ninguna ceremonia.

Y allí estaba.

Lo que quedaba de mi abuelo, vestido con la misma túnica blanca de hacía cinco años. Su cráneo undido en el pecho, como mirándose así mismo, como investigando su propio cuerpo.

El sepulturero nos alcanzaba los huesos de a uno ó de a dos, y mi abuela sin parar de lagrimear los limpiaba con un trapito y los ponía como podía dentro de la urna de madera. Sus huesos estaban límpios, sin ningún rastro de nada. Yó estaba petrificado, no atinaba ni a moverme. Cuando el empleado del cementerio nos alcanzó el cráneo, mi abuela lo agarró como si fuera un objeto más; yo esperaba que reaccionara de otra manera, pero ella estaba de una sola pieza. Con el trapito lo limpió, sacándole algunos pelos que todavía estaban adosados al hueso. También nos alcanzó sus medias; recuerdo que eran de color azul obscuro. Dentro de ellas habia una incontable cantidad de huesitos que tintinearon cuando los volcamos en la urna. La vista de una urna llena de huesos me recordó a esos actos que los contorsionistas hacen, metiendo todo su cuerpo dentro de una caja de acrílico.

No sé que fué lo que me movió a hacer lo que hice, ni por qué.Todos estaban muy concentrados en los hechos, por lo que no me fué difícil guardárme un huesito, creo que de su mano, en el bolsillo, sin que nadie se diera cuenta. Fué uno de esos actos involuntarios que uno tiene a veces. Ya más tarde vería que hacer con él. ¿Habrá sido para quedarme con mi Abuelo?. ¿Para evitarle el penoso camino de la total extinsión?. No sé. Realmente no sé.

Me picaba la pierna, allí donde el bolsillo tocaba mi piel. La urna se cerró y se colocó en un nicho, allá en lo alto.Todo lo que quedaba de mi abuelo estaba dentro de una cajita… y en mi bolsillo.

No me animaba a meter mi mano en él. La picazón era terrible y me la tenía que aguantar. Cuando llegué a casa, realizé mi propia ceremonia. Coloqué el huesito de mi abuelo dentro de una vieja caja de anillos envuelto en un algodón. Guardé todo secretamente en mi armario, junto con mis cosas, con mis recuerdos. Ya mi abuelo no iba a estar solo en un cementerio sin vida; iba a estar conmigo, cerca mío.

El misterio sigue sin resolverse. La muerte no dá el brazo a torcer y sigue ocultándonos todos sus secretos, a nosotros, los que todavía transitamos la senda de la vida. Mi abuelo sigue allí, parte dentro de una caja en un nicho en Flores y otra parte mínima de él dentro de una cajita guardada entre valioso recuerdos en el altillo de mi casa en Inglaterra. Pero el verdadero abuelo, mi Abuelo, está en mi mente, en mi recuerdo, en mi imaginación. Allí todavía vive, habla, camina, fuma y tose. Cuando yo siga su camino, él irá conmigo, núnca más nos separaremos.

© Daniel Eugenio,1994 All Right Reserved – Crawley 14/12/94