Poema a la vida

Por Horacio Sistac

No me arrepiento de lo que hice,

sino de aquello que dejé de hacer.

No me arrepiento de haber vivido,

sino de lo que no supe vivir.

No me arrepiento de haber deseado,

sino de aquello que no me animé a desear.

No me arrepiento de mis errores,

sino de aquellos que olvidé corregir.

……..

Me enorgullece haber dicho siempre lo que pienso,

pero me avergüenzo de no haber pensado todo lo que dije.

Me enorgullece haber sabido decir “te amo”,

pero me avergüenzo por las veces que no lo supe decir.

Me enorgullece haberle puesto pasión a mi vida,

pero me avergüenzo de las tantas ocasiones en que fui pasional.

…….

Agradezco al sufrimiento,

porque me enseñó a gozar.

Agradezco al desprecio,

porque me ayudó a apreciar.

Agradezco a la ofensa,

porque me previno de ofender.

Agradezco a la enfermedad,

porque me inspiró a vivir.

. . . .

Nunca olvidaré el día en que me enamoré.

Ese día experimenté el más sublime de los senti-mientos humanos.

Nunca olvidaré el día en que nacieron mis hijos.

Ese día comprendí que había dejado de pertenecerme a mí mismo.

Nunca olvidaré el día en que murió mi abuelo.

Ese día perdí a mi confidente y fuente de sabiduría.

…..

Solo el correr de los años me enseñó que cobardía no es prudencia,

ni que heroísmo es valentía.

Solo el correr de los años me reveló que la inteli-gencia es un don (por el que nada he hecho),

pero que el arte de pensar es una virtud.

Solo el correr de los años me enfrentó a que las emociones enturbian la razón,

pero también que la razón purifica las emociones.

Solo el correr de los años me demostró que los senti-mientos no tienen moralidad,

sino lo que hacemos con lo que ellos nos despiertan.

…….

Lentamente y mirando a mi alrededor,

comprendí que la peor enfermedad es la tristeza fruto del olvido.

Lentamente y mirando a mi alrededor,

supe que los únicos privilegiados son los niños y los ancianos.

Lentamente y mirando a mi alrededor,

advertí que la prisa solo me acercaba más rápida-mente al final.

…….

De las aves aprendí cuán hermoso es planear en las alturas, pero cuán seguro es volar bajo.

De mi perro aprendí que la docilidad no es sumisión

sino una dulce manera de amar al otro, aceptándolo y hasta admirándolo.

De mi padre aprendí que la honestidad no es suficiente para ser un buen hombre, pero que sin ella es imposible serlo.

De mi madre aprendí que el valor de la templanza no es tolerar los defectos del otro, sino amarlo con esos defectos.

…..

Tras muchas heridas, comprendí que no es más rico el que más tiene sino el que menos necesita.

Tras muchas heridas, descubrí que ignorancia y soberbia son la peor combinación, que la autoridad no se impone, se gana.

Tras muchas heridas, supe que el miedo paraliza el alma y que no sirve el coraje para vencerlo,

sino la paz.

………

Paradójicamente, nunca tuve tantas ganas de vivir

como cuando supe que podría morir.

Paradójicamente, volví a florecer

cuando comenzaba a marchitar,

a sonreír cuando sentí que me secaba.

Paradójicamente, comencé a acercarme a la felicidad

cuando dejé de evitar la infelicidad.

Paradójicamente, comencé a creer en Dios, en el Uno,

cuando abandoné toda religión.

…..

Tardíamente, pero aún temprano,

me convencí de que el único amor desinteresado es el de una madre.

Tardíamente, pero aún temprano,

llegué a comprender que la verdadera libertad es fruto del desapego.

Tardíamente, pero aún temprano,

aprendí que nunca es tarde para volver a empezar y siempre temprano para morir.

……

Dolorosamente, comprendí que la sinceridad no es decir todo, sino aquello que siento y sólo cuando el otro está listo para escucharlo.

Dolorosamente, concluí que inteligencia no es sabiduría y que la ignorancia es casi siempre voluntaria.

Dolorosamente, gocé del perfume y la belleza de la rosa,

cuando dejó de importarme que creciera solamente en mi jardín.

Dolorosamente, advertí que no envejece el hombre, sino su alma.

…..

Yendo y viniendo como el mar, comprendí que las cosas no cambian con el tiempo,

sino que el tiempo existe porque las cosas cambian.

Yendo y viniendo como el mar, advertí que la nobleza es capaz de conquistar cualquier corazón

y que la traición es la mayor de las bajezas.

Yendo y viniendo como el mar, supe diferenciar a los verdaderos amigos de aquellos que lo son por conveniencia.

…..

Silenciosa y secretamente,

comprendí que las palabras expresan el pensamiento, pero solo la mirada revela el alma.

Silenciosa y secretamente,

me juré jamás jurar ni mentir, y en ese instante descubrí que me mentía a mí mismo.

Silenciosa y secretamente,

recién cuando bebí mis propias lágrimas, supe que solo la sombra puede explicar la existencia de la luz.

Silenciosa y secretamente,

aprendí que lo que no se dice no se sobreentiende.

……

Jamás pude olvidar algunas ofensas,

pero si no soy capaz de olvidarlas,

¿qué perdón puedo pedir?

Jamás especulé cómo hubiese sido lo que no fue,

pero si fuese capaz de ensoñarlo,

¿qué otro sueño puedo pedir?

Jamás imaginé cómo sería volver a enamorarme,

pero si fuese capaz de hacerlo,

¿qué más puedo pedir?

…….

Torpemente, tropecé muchas veces con la misma piedra,

pero con mucho esfuerzo supe un día esquivarla.

Torpemente, dejé que muchos amigos se alejaran,

pero con mucho esfuerzo pude acercarme a ellos.

Torpemente, me protegí tratando de ser temido,

pero con mucho esfuerzo pude protegerme el día que me dejé amar.

Torpemente,  desprecié el valor de la simpleza,

pero con mucho esfuerzo aprendí a valorar las cosas simples.

…..

Ya renovado,

comprobé que nada hay escrito sobre piedra, que la verdad absoluta sucumbe ante la relatividad de la vida.

Ya renovado,

concluí que nada puedo cambiar de mi pasado, pero que puedo ser el artesano de mi futuro.

Ya renovado,

aprendí que cada mañana me agregó una noche, pero que cada anochecer me depara un nuevo mañana.

……

Por todo ello…..

Felizmente, hice carne que cuando uno no quiere, dos no pueden (ni pelear ni amarse).

Felizmente, aprendí a gozar del sol y de la lluvia, del verano y del invierno, del amanecer y del crepúsculo.

Felizmente, comencé a caminar despacio, gustando de cada paso.

Felizmente,…. volví a ser yo mismo, libre.

…..

Y hasta aquí he llegado,

sin saber cuanto me resta aún por recorrer,

pero sabiendo que cada paso no me aleja de mi origen,

sino que me acerca a mi destino.

Y aquí estoy, Vida.

A sabiendas de que cada dolor es una ocasión para renacer,

de que no permitiré que te me escurras mientras planeo cómo vivirte,

a sabiendas del valor de cada beso, cada caricia y cada abrazo.

 

Por eso, este Poema,

si es que así puedo llamarlo.

Pero sí, Vida,

éste es mi Poema, por pobre que luzca.

Escuché que susurrabas mi nombre en medio de la lluvia, y éste es mi renovado compromiso:

el de decir “te amo” sin asumir, infantilmente, que ya lo sabías.

¡Hola, Vida!

No vengo a despedirme,

sino a agradecerte.

Vengo a pedirte:

“¡Permitime gozarte!”

Horacio Sistac
(dedicado a todos los que amo, aunque nunca haya sabido decírselo).
Copyright: Horacio Sistac, 2009