Pergamino 121

…a mi mejor amigo: Germán

 

Si las casas hablaran, Pergamino 121 tendria miles de historias que contar. Éramos dos chicos adolescentes que vivíamos la vida intensamente. Germán y yo, mi mejor amigo, su mejor amigo.

Pergamino 121 escuchó de nuestras bocas, incontables historias, sorpredentes secretos; vivió con nosotros esos años de la secundaria ya lejanos en el tiempo pero grabados con firmeza en nuestras mentes.

La casa era la de Germán, pero también era mía. Sus ambientes presenciaron nuestras largas discusiones de arte, política, guerra, música, chismes, historia, novelas, cuentos, amores, colegio, parroquia, matemáticas, física nuclear, metafísica, filosofía, teología, ballet, ópera, fútbol y a veces hasta de nada, sí, no era raro encontrarnos con que al final de una acalorada discusión, el tema original se diluía y no había razón para discutir más. No era en vano, el tiempo no se perdía pues en el proceso creciamos sin darnos cuenta, al final éramos otros, más adultos, con más conocimiento.

En Pergamino 121 reimos, lloramos, cantamos, gritamos. Exteriorizábamos nuestros sentimientos muy fácilmente. Fuera de Ella éramos distintos, era como si la casa nos abriera la conciencia por medio de algún extraño y oculto efluvio. (Hipnotismo arquitectónico ?).

Cuando el Urquiza (nuestro querido colegio secundario) nos resultaba hostil, nos mirábamos y al unísono proclamábamos: “No deberíamos !”. Instantáneamente y continuando con nuestra previa conversación nuestros pasos cambiaban de rumbo y se dirigian sin ninguna oscillación a Pergamino 121. (Magnetismo Edilicio ?).

Era nuestra cueva, nuestra guarida, nuestro bunker. De allí organizábamos todas las operaciones comando posibles ( e imposibles). Nuestros amores y deseos se encontraban afuera y nosotros desde adentro planeábamos la caceria minusiosamente, con todos los detalles y posibilidades tomados en cuenta. Nada podia fallar.

Casi siempre fallaba.

El plan se derrumbaba estrepitosamente por causas totalmente desconocidas.Volvíamos tarde a Pergamino 121 a analizar los hechos y terminábamos planeando la próxima operación frente a una taza de café.

A veces soñábamos despiertos; escuchábamos “Let it be” versión de Frank Pourcel en el Sony a caset. Por nuestras mentes pasaban momentos gloriosos con nuestras amadas, danzas vaporosas y miradas con suspiros. La música terminaba y volvíamos a la realidad, la cara de mi amada se transformaba en la manija de la heladera, la de Germán en la licuadora.

El Piano era otro de nuestros favoritos pasatiempos, notas desgranadas con pasión atravesaban la ventana del living e inundaban la acera. Desde Chopin hasta Palito Ortega, pasando por Bethooven, Mozart y Bach y desde “La Patética” hasta “La Felicidad” pasando por “El Claro de Luna”, “La Cumparsita”, las Sonatas, La “Tocata y Fuga en Re Menor” y “El Cumpleaños feliz”. Tocábamos cualquier cosa, a dos ó a cuatro manos. Éramos dos muchachos bohemios y la casa éra nuestro atelier… Pergamino 121.

El tiempo pasó (como siempre lo ha hecho) sin piedad. Yo me casé, Germán se casó y la casa se vendió….

Nuevos habitantes la poseen y hasta he oido que han hecho alguna reforma interna sin saber que nada ni nadie puede cambiar la esencia de Pergamino 121. La casa sigue allí, indiferente al paso del tiempo, esperando nuestra llegada de un momento a otro.

Sus nuevos habitantes a veces escuchan un trozo de una obra de Chopin en piano seguido de una rizotada:… piensan que son los vecinos. Otras escuchan que alguien lee a Borges seguido de un sonido que no pueden precisar:… creen que es alguien que pasa por la puerta. Todavía no se dieron cuenta (ni nunca lo harán) que en realidad esos sonidos son los ecos de nuestra existencia pasada, las ánimas de Germán y mía que encontraron un trozo de Paraiso en donde habitar de vez en cuando, rememorando viejos tiempos, vagando por sus ambientes.

Germán y yo vivimos físicamente fuera de ella, cada uno por su lado, pero nuestras almas atemporales coexisten allí, en donde transcurrió parte de nuestras vidas: en Pergamino 121.

© Daniel Horacio Eugenio —– Crawley Julio ’94