La Siesta

Desde muy chico, la siesta dejó en mi, sensaciones imborrables que de alguna manera afloraron repentinamente a mi consciente en uno de esos momento de pensar profundo, momentos que me permiten viajar hacia lejanos lugares y épocas pretéritas.

No sé exactamente que fue lo que se disparó en mi mente, pero en un abrir y cerrar de ojos, me encontré en una soleada y calurosa tarde de verano en Buenos Aires. Las calles al rojo vivo y yo sentado en el fresco mármol del umbral de la puerta del edificio de Lafuente 261 en Flores, a la sombra de los árboles que en aquella época adornaban las calles de mi barrio.

Quietud tremenda, solo el esporádico repiquetear de las ruedas de un coche en el adoquinado y el casual transeúnte modificaban el paisaje.

Estoy solo en la calle; mis amigos están escondidos en sus casas, quizás durmiendo la siesta o viendo tele, pero yo estoy disfrutando de la paz y quietud da la tarde de verano.

El silencio me hace pensar, me hace descubrir pasajes secretos en mi mente de niño y ávida de información. Mis ojos abiertos están al tanto de todo lo poco que ocurre a mi alrededor en esas vagabundas horas del día.

Recuerdo que de más chico, mis padres me obligaban a dormir la siesta. Mi padre se ponía el pijama y yo a su lado. Él durmiendo y yo mirando el diagrama que las persianas y el sol dibujaban en las paredes de la habitación. Para mi era perder el tiempo indiscriminadamente. Podia estar jugando, leyendo, escuchando música, tocando el piano (a esa hora con sordina), jugando al fútbol en la calle, o simplemente relajándome en el fresco umbral de mármol. Nunca pude pegar un ojo durante la siesta.

Quietud, silencio y mucho calor.

La ciudad se detenía por unas horas.

Yo la observaba desde el fresco umbral de Lafuente 261, en mi querido barrio de Flores.