Desayuno

…. a mis amigos de Flores

 

Como puedo describir una sensación tan compleja como la de una mañana soleada de un Domingo de invierno en la Plaza Flores?. Es muy difícil. Desde la distancia y el tiempo que me separan de allí y de ello, me resulta casi imposible transcribirlo, representarlo en caracteres legibles. Pero en mí todo vive, y todo vuelve a la realidad en forma de pequeños paquetes temporales que explotan en mi consiente trayéndome al ahora, épocas, momentos y lugares lejanos….

El frío de la mañana es compensado por el suave acariciar del tibio sol sobre mi cara, única parte de mi cuerpo expuesta. Camino por Rivadavia. Ya el Sol es difícil de encontrar. La población duerme en propiedad horizontal robándole a los caminantes el Sol de la mañana de invierno .Llego a San José de Flores, es temprano, muy temprano, el olor a media lunas recien hechas me despierta. Compro veinte docenas y camino hasta la Parroquia como puedo. Yo, que ni siquiera tome un café, preparo, junto con otros dos ó tres pseudosonámbulos miembros del grupo Juvenil un desmesurado desayuno para que se yo cuantas personas.Todas ellas llegan de misa de 8.Todas ellas con Cristo en sus vientres; felices; con muchos años por detrás y pocos por delante. Nosotros que ni siquiera dormimos, les servimos café con leche y medialunas.

Entre ellas murmuran:

– ¡Que bien estos chicos!

– ¡Que eficientes!

Una de ellas me pregunta:

– ¿Por qué lo hacen?

La miro, me vuelvo a despertar, levanto los hombros y con la boca llena de medialunas de San José le respondo:

– No sé Abuela.

Luego, misa de 11, los amigos, el café de San José, la vuelta a casa. Ya el Sol acaricia más de lo debido para la epoca de año. Ya pocos duermen y el tibio aire del mediodía se mezcla con el olor a tuco, las pastas frescas y los planes para la tarde. Llego a casa muy cansado, pero la energía de mis 16 años no me impide comer y volver a salir corriendo. Ya es tarde, hay poco tiempo, compro cigarrillos en el único kiosko abierto de toda la ciudad y salgo a la aventura. La ciudad vuelve a dormir, pero esta vez es la siesta. El Sol sigue tibio pero ya decadente, le queda poco en este día y yo es como que recien empiezo. Comienzo a vivir el momento más deprimente de la semana: El Domingo al ocaso.Todos los planes propuestos para el Domingo a la noche, fracasan.Todos tienen que hacer lo mismo: Esperar a que termine el día y prepararse para el comienzo de la semana.

Al final termino al anochecer tomando otro café en San José con Germán y Alejandro. Vuelvo tarde a casa, muy cansado y deprimido. A veces desesperado por que el fín de semana haya terminado. Solo queda esperar al próximo Viernes, cuando todo nuevamente vuelva a comenzar.

Y me acuesto destrozado. Casi al mismo instante en que apoyo la cabeza en la almohada, mi madre me pregunta:

– ¿Estudiaste para mañana?

– No. Respondo

– ¿Que hiciste en todo el día?

– Nada interesante, mami, nada interesante.

©1982 Daniel Eugenio —– Crawley 23/8/92